TARZAN. El primer día como maestro
¿Desde cuándo soy maestro?, me he preguntado muchas veces en la soledad de mis adentros. “Creo que desde siempre”, es la respuesta que escucho retumbar en mi cabeza salida de no se donde, pero supongo que es de donde salen los pensamientos. Solo ahora que es necesario escribirlo, podré enfrentar mi propia respuesta sin que quede solo desvanecida en lo abstracto de los pensamientos.
Soy arquitecto, terminé mi carrera desde 1995, después de diecisiete años y medio de estudios ininterrumpidos.
Soy arquitecto porque siempre me atrajo el diseño. Aún recuerdo como me quedaba absorto mirando los grandes ventanales o las extrañas jardineras de cualquier edifico mientras un silbido o un grito de quienes me acompañaban me hacían volver a la realidad desde la acera de enfrente, en medio de carros pasando indiferentes a gran velocidad. Siempre me atrajo resolver problemas de vialidad, por eso de niño solía esparcir por todos lados el viaje de arena que serviría para la construcción de nuestra casa, inventando caminos o autopistas de tal forma que lucieran perfectas junto a impresionantes edificios con diseños innovadores. Y por más que mis juegos infantiles empezaran de un modo, siempre terminaba revolcado entre el montón de arena. Por eso estudié arquitectura en mi ciudad natal: Tepic, la capital de Nayarit.
Soy arquitecto y me gusta mi profesión, la disfruto, hoy ya no paso el tiempo arriba de un montón de arena, suelo hacerlo frente a mi computadora cuando hay algún proyecto pendiente por entregar. Sin embargo aun siendo una profesión apasionante, hay otra actividad que arrebata mi tiempo, y que la siento tan mía que no puedo encontrar el punto exacto en que se me pegó para permanecer ahí. No la ubico solo en mis juegos de niño, sino todo el tiempo. Cuando había una duda siempre estaba José Luis para intentar explicar a mis sobrinos, a mis hermanos o compañeros de clase lo que fuera. Me atraía explicar ‘las cuentas’ de matemáticas y era como buscar con la mirada algún rostro con cara de mortificación para hacerme presente o agudizar el oído para ir hasta donde se hubiera escuchado ‘ no le entiendo a esto’. Como participante de un equipo siempre me acomedía a ser yo quien expusiera frente al grupo o bien jugar en casa con mis sobrinos a que yo era el maestro. Era fascinante.
Una ocasión, siendo estudiante de arquitectura de 6° semestre al finalizar la exposición de un proyecto arquitectónico, me dijo un profesor “Tú vas que corres para maestro” – Y me ofendí. Por lo menos ante la vista de mis compañeros era obligado haberme ofendido. Era como un reproche interno de hacerme sentir equivocado en mis estudios pues en esa etapa todos vislumbrábamos la oportunidad de un buen empleo como diseñadores o residentes de obra o algo así. Por eso me ofendí. Ahora comprendo que fue actuado, pues en el fondo no me causó ninguna sorpresa, es más, en el fondo admiré la apreciación de mi profesor.
Al concluir mi carrera, me integré en cosa de días a trabajar en una empresa constructora y paralelamente trabajaba como contratista independiente para el INFONAVIT, sentía que estaba triunfando. A los meses, recibí la llamada de una hermana que trabajaba como administrativa en una preparatoria: -“¿Oye, no te interesa dar clases?” – me preguntó. No recuerdo que mas dije, la única palabra que conservo es un SI!. Ese mismo día y en dos horas estaba recibiendo mi programa de estudios. Iba a dar COMPUTACION, de la cual solo sabía un poco más allá de encender la computadora.
Ese día se quitó la máscara el MAESTRO JOSÉ LUIS, no puedo decir que nació, porque ahora creo que nací siendo maestro, solo que ese día me presenté ante la sociedad. Ese día me pasó lo que a todos: temblor, sudor, tartamudeos, etc, detalles que omito porque no necesito explicarlos, todos los tenemos. Solo voy a agregar que comparativamente me sentía como TARZÁN, el rey de los monos con todos los cubiertos y un trozo de carne esperando ser devorada frente a mí. Nunca imaginé que después de casi 13 años aún esté aprendiendo a usar los cubiertos.
A partir de entonces me repetía rebosante en el trayecto a casa o a mis otros empleos: “¡ Soy maestro!, ¡Soy Maestro!” era un orgullo ser maestro. Dediqué a partir de entonces la mayor parte de mi tiempo, incluidas mis horas de sueño a preparar mis clases de una asignatura de la que desconocía todo. Tomé cursos de computación, hice todo lo que estuvo a mi alcance. Mis alumnos nunca supieron que lo que acababa de explicar con tanta seguridad en la clase lo había aprendido apenas hacía unas horas.
En cuanto pude cambié a la asignatura de matemáticas.
Ser el maestro José Luis me hace sentir grande, importante, respetado, por eso estoy orgulloso de mi profesión de maestro. Ser el maestro José Luis no es fácil, porque tengo que serlo todo el tiempo aún estando en la calle o de vacaciones. El maestro José Luis no dice groserías o palabras altisonantes, no fuma, no toma, es el ejemplo a seguir para muchos de sus estudiantes. El maestro José Luis, como los demás maestros, inevitablemente además de impartir su asignatura, también imparte valores, por eso debe practicarlos. Ser el arquitecto José Luis, es lo mas sencillo del mundo, su ‘interlocutor’ no critica, ni pregunta ni nada, solo trabaja. Es una computadora.
Siempre he sentido que en el instante mismo en que nos presentamos ante un nuevo grupo, adquirimos la enorme responsabilidad de lo que los estudiantes llevarán consigo al final del curso, que igual podemos coadyuvar a formar un individuo competente o un ‘papanatas’. Y no es tan fácil decir “es su problema” porque en el fondo “su problema” somos todos los maestros que han pasado por su vida. Y lo vergonzoso es que yo me acabe de incluir en el atado.
Siempre he creído en el gran respeto y admiración que merece un maestro, del nivel que sea. Yo, nací formalmente como maestro en el nivel medio superior, aunque algunas veces he trabajado para el nivel superior. ¿Cuántas veces no hemos escuchado decir en la calle? o incluso nosotros mismos lo hacemos: “La adolescencia es la etapa mas bonita” Y en esas añoranzas van las anécdotas sentimentales, familiares, de amigos y por supuesto la escuela! Por eso estoy convencido que ser maestro del nivel Medio Superior es la tarea mas importante y delicada. No solo se es maestro de una asignatura como ya lo señalé, sino que es importante tener presente que tenemos ante nosotros a un ser humano en etapa de formación académica y en busca de una identidad y valores como persona, - porque digo- Los valores son como los dientes de leche, a cierta edad te das cuenta que hay algunas cosas que no encuentras convincentes y las dejas, como los valores religiosos por ejemplo, y vas dejándolos y adoptando tus propios valores. Ser maestro del nivel medio superior implica adoptar la responsabilidad de un trabajo integral, eres maestro, pero también formador y forjador, y desempeñas muchos roles más al mismo tiempo.
Ser docente del nivel Medio Superior ha significado eso y mas, ha demandado un gran esfuerzo para estar a la altura de las expectativas de estudiantes que se preocupan y cuestionan sobre la relación directa entre los conocimientos aprendidos y su aplicación en la vida real. De una generación que parece no estar dispuesta a aceptar como antaño, las predicaciones del maestro como postulados. Y ahí es donde puedo advertir una de mis insatisfacciones. Muchas veces el diseño del programa académico pareciera encerrarse en buenos contenidos pero “solo para disfrutar dentro del aula” pero deja desarmado al estudiante cuando tiene que enfrentarse a la vida real o incluso para aplicar esos conocimientos en estudios posteriores. El maestro se ve presionado por concluir un contenido que no contiene aplicaciones, que no se detiene ni contempla el hecho de que es necesario encauzar tales contenidos para la solución de problemas. Y esto es aplicable a todas las asignaturas. La estructura y métodos de evaluación fomentan caer en el eterno ensimismamiento de evaluar conocimientos con el clásico examen donde un excelente estudiante puede reprobar olímpicamente solo por estar nervioso o no haber preparado un examen.
Otro problema recurrente que advierto es que generalmente los contenidos programáticos quedan inconclusos. Solemos echar la culpa a lo lento del avance gracias a que ‘los estudiantes que me tocaron no sabían nada de los cursos anteriores’ – A mi me ha pasado, pero creo que entre que los estudiantes lleguen con bajo nivel o que el programa sea extenso, debemos implementar estrategias para solventar el problema hasta donde sea posible.
Por otro lado existe muy frecuentemente la situación de tener grupos muy saturados que inciden en una insuficiente atención por falta del maestro. Esa suele ser la razón para que yo al final del curso me quede con un mal sabor de boca. En uno de mis empleos, la situación es tan precaria en asuntos de demanda que se tienen grupos hasta de NOVENTA! Esto es inconcebible! Entonces me pregunto: ¿Hasta donde un maestro puede implementar estrategias y hasta donde el cargo de conciencia de un mal resultado puede afectarte como maestro?. Ante semejante desventaja haces lo mejor que puedes por realizar tu trabajo pero es lamentable que inicies el curso desmotivado porque puedes visualizar que la corriente es demasiado grande para ir en contra.
Esto es solo una parte de reflexión que el maestro José Luis puede hacerse sobre su labor docente. Y queda para el final la pregunta: ¿Y la arquitectura? La arquitectura sigue siendo una profesión que me apasiona, sin embargo he dejado que mi vocación hable por mí y a la fecha la mayor cantidad del tiempo lo dedico a la docencia. Ejerzo la arquitectura de manera muy limitada en diseños o cálculos estructurales. Después de todo también ayudo a construir conocimientos y remodelaciones estructurales en la formación personal de mis estudiantes.
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